Nota: Este trabajo fue presentado como conferencia por el durante el "IV Festival Internacional de Guitarra Cuernavaca'97", algunas pequeñas modificaciones fueron realizadas para su publicación a manera de ensayo. El maestro Ophee desea agradecer a Roland d'Ornano, Esq. de Marsella, Francia, 7a. generación descendiente de Fraçois de Fossa, por facilitar el retrato de Fraçois de Fossa.
La obra que he elegido para iniciar la discusión es la Fantasía número cinco, opus doce, sobre el tema Las folías de España, de François de Fossa (1775-1849). (fig. 1) Dos razones me movieron a elegir esta pieza. La primera, el hecho de que fuera esta obra la que me atrajera inicialmente, veinte años atrás, y que me moviera a averiguar quién fue este hombre. Yo conocía la segunda variación (fig. 2) como el famoso Estudio de campanelas de Francisco Tárrega (1854-1909). Intrigado, me propuse averiguar quién la había escrito primero.


La segunda razón no es más que una fantasía mía. De los cientos
y cientos de variaciones sobre el tema de La Folía, hay dos que siempre
me han parecido estrechamente relacionadas, ésta y la de Manuel María
Ponce (1882-1948). No hay razones para sospechar que Ponce conociera la obra de
de Fossa y, obviamente, el tratamiento dado al tema por ambos
compositores es totalmente distinto: una obra está estructurada en base a
fórmulas clásicas, mientras que la otra presenta el característico
lenguaje contemporáneo del maestro mexicano. Sin embargo, y tengo que
admitir que esto es totalmente subjetivo, percibo una cierta comunión de
espíritu entre ambas. Es posible que mi tendencia a relacionar estas
obras surga de saber que François de Fossa pasó parte de su juventud en
México. Y que, si bien no es un hecho comprobado, bien podría ser que
haya sido ahí, en ese país, donde adquiriera sus primeros conocimientos
musicales y tuviera su primer contacto con la guitarra. Pero... ¿quién
era este hombre?
François de Fossa nació en
Perpignan, el 31 de agosto de 1775. Su padre, también llamado François
de Fossa, fue uno de los más renombrados historiadores de la región
catalán-francesa conocida como el Rosellón. Distinguido hombre de leyes y
autor prolífico, llegó a ser decano de la facultad de abogacía de la
Universidad de Perpignan.
Poco es lo que se conoce acerca de la educación del joven
François. Sin embargo, dado el ambiente erudito e intelectual que debe
haber prevalecido en su casa paterna, es dable inferir que el niño ha de
haber estado expuesto a una cierta cultura musical.
Poco después de la Revolución Francesa, de Fossa emigró a España,
donde se unió como voluntario al ejército español, sirviendo en un regimiento
formado por oficiales del ejército francés y señores de la nobleza, llamado
La Legión de los Pirineos. En dicho regimiento actuó en numerosas campañas,
desde su creación en 1796, cuando el propio ministro de guerra español, Miguel
d'Azanza, lo convocara a servir bajo su mando. En 1798 d'Azanza fue
nombrado Virrey de México, hacia donde partió, llevando a de Fossa consigo.
Luego de pasar un tiempo en la ciudades de México y Puebla, de Fossa
se unió al batallón de infantería de Acapulco como "Cadete Gentilhombre,"
donde fuera promovido, en el año de 1800, al rango de segundo teniente. En 1803
volvió a España, bajo las órdenes del Rey. Luego de haber desempeñado varios
cargos militares y recibido varios ascensos, fue asignado al Ministerio
de Indias como Jefe administrativo; eventualmente se reincorporaría a su
regimiento con el rango de capitán.
Fue tomado prisionero por los franceses en la batalla de Granada, el
veintinueve de enero de 1810 y trasladado a Madrid. Allí fue dejado en libertad
de palabra por José Bonaparte, quien lo reasignó a su anterior cargo en el
Ministerio de Indias. Al producirse la caída de Bonaparte en 1813, huyó
a Francia, donde se unió al ejercito francés con el rango de capitán.
Así, 1823, retornó a España, esta vez del lado francés, peleando en la
campaña del duque de Angulema en Cataluña. Al final de dicha campaña, fue
promovido al rango de Jefe de Batallón y, en 1825 fue nombrado Caballero de la
Legión de Honor. Posteriormente participó en la guerra contra Argelia,
retirándose de la vida militar en 1844. François de Fossa murió en
París, el tres de junio de 1849.
Aparentemente, de Fossa habría compuesto para guitarra por lo menos
desde 1808, dado que, en una carta que enviara desde Madrid a su hermana en
Perpignan, fechada ese mismo año, relata sus intentos de suplementar sus magros
ingresos oficiales por medio de la composición de música para guitarra. En la
misma carta menciona también que algunos de sus cuartetos fueron tocados en
público y que sus admiradores lo llamaban el Haydn de la guitarra.
Pero el Madrid de 1808 no era el lugar apropiado para hacer carrera
con la música y de Fossa pronto se dio cuenta que debía buscar fortuna en
otras actividades. En realidad, la música nunca fue su actividad
principal, lo cual no lo previno de componer y publicar, cuando surgió la
oportunidad, un número considerable de obras, tanto en Francia como en Alemania.
A juzgar por sus obras conocidas, las preferencias de de Fossa en materia
de composición se inclinaban hacia la música de cámara. Así, encontramos en
su producción obras para dos (o más?) guitarras y para guitarra en conjuntos
instrumentales diversos (como, por ejemplo los tríos Op. 18, para violín,
guitarra y cello). También escribió algunas obras para guitarra sola y para el
arpa-lira.
Sus obras originales revelan un interesante grado de sofisticación.
Su lenguaje va más allá de la mera repetición de fórmulas, mostrando
su intención de crear una música original, acorde a su tiempo. De Fossa
se preciaba de ser un compositor moderno, que escribía en un lenguaje
progresista y su obra atestigua su éxito en tal sentido. El hecho de haber
decidido conscientemente no valerse de la música como medio de
subsistencia le permitió escribir, y posteriormente publicar, sólo aquélla
música que satisficiera su sentido de equilibrio estético, sin tener que
someterse a las consideraciones comerciales de un editor. Tanto sus obras
originales como aquéllas basadas en la música de Haydn muestran una inusual
riqueza de material melódico, como así también una notable inventiva,
evidenciada en la presencia de ¨sorpresas,¨ distribuidas a lo largo de la
composición. Entre las características más notables de su intenso y vibrante
lenguaje se encuentran el uso de ritmos sincopados, a menudo cohesionados por
medio de un pedal disonante, su destreza en el manejo del lenguaje
armónico, la presencia frecuente de modulaciones inusuales y matices
inesperados, y el empleo de una textura rica, que podríamos describir
como de tipo diálogo. Asimismo, una escritura altamente idiomática, que
explota con inteligencia los recursos técnicos de la guitarra, demuestra
que el autor sin duda conocía muy bien este instrumento. Su lenguaje
conjuga el buen gusto en el tratamiento de los esquemas clásicos con un
alto nivel de técnica compositiva.
Además de sus propias composiciones, una contribución importante de de Fossa al repertorio guitarrístico son sus copias de los quintetos con guitarra de Boccherini, las cuales constituyen la única fuente hasta ahora conocida de la mayor parte de los quintetos que han llegado a nuestros días. En tal sentido, los guitarristas del presente debemos a de Fossa el poder disfrutar de este tesoro del repertorio camarístico del siglo XVIII, piedra fundamental, nos atrevemos a decir, de la música de cámara con guitarra.
A pesar de la relativa oscuridad que ha rodeado su nombre en el presente, de Fossa fue bien conocido por los guitarristas de su época, como por ejemplo Dionisio Aguado (1784-1849), con quien mantuvo una estrecharelación y quien le dedicara varias composiciones, tales como su opus 2, Tres rondós brillantes, y opus 15, Minué afandangado. Asimismo, Aguado dedicó a Mme. Sophie de Fossa, esposa de nuestro compositor, su opus 4, Six Petites Pièces.
Altamente ilustrativo de la estima profesional en que Aguado tenía a de
Fossa, es el hecho de que, al publicar su Escuela en 1825, le encargara la
redacción de la parte teórica de la obra. Allí mismo, Aguado declara:
Don Francisco de Fossa, amigo mio y sugeto de grandes conocimientos músicos, se ha servido honrar esta escuela rectificando algunas teorías, y completándola con un compendio de reglas para modular en la guitarra, cuyo instrumento le es familiar.
En otras partes del libro, Aguado atribuye a de Fossa la invención de un recurso técnico que los guitarristas de hoy damos por sentado: los armónicos artificiales. Finalmente, cuando Aguado publicara, 1826, la versión francesa de su Escuela, sería de Fossa quien lo tradujera y comentara. A mi juicio, el método Aguado-deFossa es el más importante de los que se publicaron durante la primera mitad del siglo XIX, y aún Fernando Sors (1778-1839), en su propio método de 1830, se refiere a él en numerosas ocasiones.
Como mencionara con anterioridad, de Fossa vivió en México por un período de casi cinco años. En su carácter de oficial bajo la protección del virrey Miguel d'Azanza, no ha de haber sido difícil para él abrirse camino en los estamentos más elevados de la sociedad mexicana. En algún momento de su estadía, parece que se enamoró de una tal María Guadalupe Domínguez, joven proveniente de la ciudad de Querétaro e hija del primer matrimonio de Don Miguel Domínguez (¿-1830), Corregidor de dicha ciudad. De Fossa pidió su mano, a lo cual el padre aceptó.
En el archivo General Militar del Ejercito Español en Segovia, España, se conserva un expediente sobre este asunto, incluyendo, entre otros muchos documentos, la petición oficial que de Fossa, de acuerdo a las reglamentaciones legales vigentes, enviara al Rey solicitando permiso para contraer matrimonio. También puede encontrarse allí la carta de Don Miguel expresando su consentimiento al matrimonio. Aquí tienen ustedes el facsímil.
Observese la firma de Don Miguel al pie del documento, y compárese
con el facsímil de la firma de don Miguel
Dominguez.1
Como podemos observar, no
pueden caber dudas acerca de la autenticidad de los documentos militares
conservados en el archivo de Segovia. Dichos documentos identifican no sólo al
padre y a la futura novia, sino también a la madrastra de la joven, esto es, la
segunda esposa del Corregidor, Doña Josefa Ortiz de Domínguez (¿-1829),
figura conocida en la historia de México como La Corregidora, la principal
instigadora de la insurgencia de 1810.
Parece, sin embargo, que el matrimonio nunca se llevó a cabo. No se
encuentra mención alguna del matrimonio en los numerosos documentos sobre de
Fossa que se conservan en varios archivos franceses y españoles, y no he podido
localizar ninguna referencia al respecto en las fuentes históricas y archivos
mexicanos. Pero lo que sí encontré en el Fondo Fossa de los Archivos
Departamentales de Perpignan, es un curioso documento, en español, claramente
debido a la mano del propio de Fossa. (Fig. 3)

El documento comienza con las siguientes palabras:2
Consulta que hace al Señor Cura de A... uno de sus Feligreses bajo la precisa condición de que la trate y responda Sub sacro Confessionis Sacramentalis Sigillo.
Mi amado y venerado Pastor. Los que tenemos la gloria de estar alistados bajo las banderas del Catolicismo, los que servimos a un Dios de paz, que es dos veces Padre de los mortales atribulados por las miserias de esta vida humana, sabemos que hemos de hallar en su infinita misericordia un puerto seguro contra las tempestades del siglo: y pues que su extremada bondad quiso dejarnos sobre la tierra en la persona de sus Ministros unos como representantes de su clemencia y autoridad Divina para consuelo de los afligidos, alivio de los desamparados y remedio contra la terrible enfermedad de nuestras pasiones; con esta bien fundada confianza vengo a descubrir a vuestra merced varias flaquezas y fragilidades de mi corazón, esperando que la caridad Evangélica tan propia del sagrado Ministerio que ejerce y privativa de la persona de vuestra merced me suministrará una luz que guíe y asegure mis pasos en las tenebrosas y tortuosas sendas de la incertidumbre en que vacila mi errante y confusa imaginación.A principios del año pasado de 98 conocí y traté particularmente en una Ciudad de España a una Niña Doncella, que por ahora llamaré Clotilde: mil protestas amorosas de querernos toda la vida y de no faltarnos nunca a la fidelidad que nos habíamos jurado, cimentaron de palabra y por escrito el mutuo cariño que nos inflamó. Éste, lejos de minorarse con la ausencia no hizo más de acrecentarse: ni de una u otra parte hubo la menor seña de frialdad desde mediados de aquel año que salí para esta América, hasta fines de 99 en cuya época empecé yo a experimentar una suma escasez de cartas de Clotilde, tanto más de extrañar cuanto hasta entonces no había dejado pasar correo sin aprovecharlo. Al mismo tiempo corrieron voces de que se había casado, y desde su propio país lo noticiaron a un Clérigo que vivía conmigo. No pude creerlo a los principios ni por consiguiente dejé de escribirla siempre que se ofreció salida de Buque para aquella Península : y habiéndose proporcionado a poco rato la ida de un íntimo amigo mío, le encargué estrechamente que viera a la interesada (después de haberse informado secreta y cuidadosamente de la verdad de las voces que se habían esparcido), supiera de su boca cuáles eran sus intenciones para conmigo y me lo comunicara todo sin pérdida de correo.
Mucho tiempo estuve sin tener carta de uno ni otra: recibí por fin algunas de aquel Confidente mío; pero en todas se me excusaba con pretextos frívolos de no haber podido aún cumplir con mis encargos. Como quiera que me escribía desde un Pueblo que sólo distaba dos leguas de la Patria de Clotilde, debía precisamente extrañar yo su pereza y negligencia: y el continuado silencio de aquella Niña añadiendo a mi parecer un grado de evidencia a las sospechas fundadas que ya tenia, me consentí ser cierta la noticia de su mudanza, persuadiéndome que mi amigo sabiendo el cariño ciego que la profesaba no quería atropellar mi sensibilidad con la confirmación de tan funestas nuevas.
En este firme concepto buscando objetos que me distrajeran empecé a reparar en el mérito de una joven modesta y bien educada (llamémosla Lucrecia), cuyas virtudes adquirían mucho más brillo por la contraposición de los vicios de una Madrastra, que vivía en su compañía. Ésta, cuyo verdadero nombre ocultaremos bajo el de Clemira, presentaba en su disoluto modo de pensar un atroz conjunto de circunstancias las más depravadas. De antemano había logrado, no sin rubor y remordimiento mío, el hacerme sacrificar hasta dos veces en las Aras de su deshonestidad al holocausto inmundo de una lascivia brutal, atropellando la amistad que me manifestaba Don Juan, su marido, digno por cierto de una mujer más parecida a su hija Lucrecia. Me pareció leer en los ojos de ésta unas agrias aunque mudas reconvenciones (únicas armas que contra mí le permitían su timidez natural y estado de doncella), y avergonzado de una debilidad que tocaba en términos de vileza, al paso que lleno de admiración por la finura con que aquella Niña había sabido dármelo a entender, desde aquel punto traté de cortar de raíz el infame trato que principiaba a tener con la Madrastra.
Así, usando seudónimos para referirse a los diversos personajes de la
historia, de Fossa le cuenta a su confesor una larga y enredada historia de
amores no correspondidos, y sus esperanzas de felicidad conyugal con la joven,
sueños que fueron interrumpidos por las diversas acciones tomadas por la
madrastra de la niña.
Desde
luego, a esta altura no es posible saber si los eventos descritos por de Fossa
en su confesión tienen alguna relación con la familia de Don Miguel Domínguez,
o si son simplemente el fruto de su activa imaginación. No obstante, lo que
sabemos de cierto es que, hacia el final de su confesión, de Fossa le pide al
confesor permiso para anular el contrato matrimonial. A lo cual el confesor,
Timoteo García de Solalinde, accede, coincidiendo en que, dados los conflictos
habidos entre los numerosos personajes involucrados, sería prudente que el
matrimonio no se celebrara.
Otra cosa que sabemos de cierto es que, a pesar de que en 1825 contrajera matrimonio con Marguerite SophieVautrin, con quien tuvo tres hijos, de Fossa conservó el documento de su confesión entre sus papeles personales, y así es que puede encontrárselo hoy, ciento cuarenta y ocho años después de su muerte, en el Archivo Departamental de los Pirineos Orientales, en Perpignan.
Creo que, por cierto, esta historia nos dice algo: cualesquiera que
hayan sido los hechos que rodearon su proposición matrimonial a la hija del
Corregidor, François de Fossa nunca olvidó México.
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